Puertas de Tannhäuser

Lo menos frecuente en este mundo es vivir. La mayoría de la gente existe, eso es todo.

Escasos momentos intrascendentes

Corres sin descanso, te fatigas y destrozas cada músculo de tus doloridas piernas. Pierdes la cabeza, el juicio lo remplaza un breve atisbo de cordura que has alcanzado mediante la lucha continua contra ti mismo. Y te acabas, desgraciadamente pues nunca pensaste que iba a pasar eso, por dar cuenta de que todo lo que has tenido releva lo efímero de una vida malgastada. Eres la nada sin dirección. No tienes alternativa, no existen medios por los que debas interceder por tu futuro de la misma forma que otros lo hicieron con anterioridad. La sencillez es como un helado, a medida que el calor de la costumbre derrite su cuerpo, las hormigas se ceban con sus restos indefensos. Arrojados al suelo, mediante la desidia.

Queremos todo sin tener sostén para conservar el peso sobre nuestros hombros. Y, los huesos maltratados, desisten de la tarea. Nos venden, las rodillas fallan en su intento de conservar la pose, mientras el resto de nuestro cuerpo tolera el dolor durante unas décimas de segundo más. Antes del colapso, antes de que la luz irradie nuestro corazón y la mente se apague en mitad de un fogonazo intrascendente. Porque, eso somos. Meros cuerpos que vagan sin sentido, encantados con lo poco que tienen mientras el mundo devora cada célula. No tienen piedad, no tienen suficiente. El hambre aumenta a la vez que el alimento no hace más que menguar.

La trascendencia del perdón nos impide ver más allá del muro. Buscamos y buscamos, saciados en la existencia perversa que nos quiere atar al conservadurismo tintineante. Pero los contrastes no harán más que perpetrar el énfasis con el que gritamos al vacío del que hemos salido. Nadie más que nuestro pasado, se preocupará por nosotros.

Cafecito

Se había despertado esa mañana con frío en los huesos. Pero un frío distinto, del tipo de frío que anticipa la muerte. Fue tal, que no quiso levantar su cuerpo del catre, prefería mantenerse bajo el cobertor antes de poner un solo pie en las mugrosas zapatillas que mantenía con él, a pesar de la incipiente vejez que teñía su desvencijada apariencia. Le picaba la cabeza, supuso que el dolor amenazante era más intenso aun con el suceder de los días. A lo lejos, no tan lejos, llegaba el suave aroma a café de la mañana. Del sobradillo continuaba produciéndose el sonido acuífero procedente de la gotera eterna de la rota techumbre, que no fue capaz de arreglar. No era mañoso, más bien lo contrario, y con la edad tampoco acostumbrabas a probar nada nuevo. Acabó por ponerse en pie, aunque no sin un titánico esfuerzo. El batín estaba agujereado, pero valía le cubría la pálida piel, y halaba por el suelo el cinto que no podía amarrarse al otro extremo. Paso a paso, arrastrando los pies, permitió que su vida continuase un poquito más. Era como el dulce pico del ave que se encarama al nido, buscando sus finos hilos para llegar más allá. Solamente un poquito, por favor. Sin demasiado sufrimiento.
El caminito a la cocina fue más ameno que de costumbre. Clara había puesto el puchero en la hornilla, pero no hubo un saludo o siquiera una tenue voz que anunciase que se habían visto el uno al otro. Ella fue pasito a pasito hasta perderse por la cortinilla que separaba la estancia del salón, mientras él se sentó en una estropeada silla de metal. Se quedó allí un rato, observando el vacío, antes de caer a cuenta que aquel día, era otro más en su ingrata vida. No tenía nada, pensaba que podrían comer y dudaba si conseguiría algo que llevarse a la boca más allá de las migajas que iba a comprar en el colmado del pueblito, una vez empeñase su reloj. Le dio varias vueltas a la cucharilla del azucarero de arcilla. Estaba quebrado por un lateral, y su color, bueno, su color hacía tiempo que mutó del marrón cafetero, al verde liviano. Entornó sus grandes ojos antes de que el sonido del vapor conectando con la atmósfera le sacase del ensimismamiento. Se puso en pie, un segundo tardó y una pequeña tacita de color caoba ya estaba repleta del líquido que en breves iría directo a su gaznate.

Cuanta frivolidad en la miseria, se dijo contemplando la cocina. No tenía nada, a duras penas su persistencia podría sentirse más allá de la puerta de la vecina, la señora Adolfina. No importaba, tampoco, que Don Eladio no quisiese ayudar al pueblo. Tampoco le causaba demasiada molestia que el gobernador del municipio, el Teniente Coronel Elías Espinosa, fuese su querido sobrino, y que negase su existencia con vehemencia cada vez que se cruzaban en el camino.

—Al menos te tengo a ti –le dijo al café.

Y la tacita, socarrona y mentirosa, le sonreía,

Correcciones, escritores, editoriales y la edad del pavo

Acto de fe, lo llaman. O heroico. Otros lo ven como la mejor salida, hoy por hoy, pero como todas las salidas: tiene trampa.

Autopublicar siempre es complicado, tener que ser tú mismo el filtro por el que pases los escritos que deseas ver en formato digital –o papel, como es el caso-, lo convierte en una tarea que, en muchos puntos, resulta tediosa. Me refiero, acabas harto de ti mismo. Harto de tu obra. Harto de tener que leerte hasta la saciedad, máxime cuando ya de por sí no te gusta leer lo que has escrito. Manías varias, que se suele decir. Ya lo señalaba Gabo ‘no me gusta leer lo que escribo’. Bueno, no sé si realmente era así, pero la esencia de la frase creo que no se ha perdido con mi transformación. ¿A qué viene todo esto?, simple: año y pico después, he tomado la decisión de corregir de nuevo las dos novelas que tengo publicadas en Amazon. El viernes acabé con la primera: El Rey Impávido, y puedo decir sin temor a equivocarme que hice bien. Hice bien porque, con el paso del tiempo, abres los ojos a muchos errores que dejaste pasar con anterioridad. Te das cuenta de que aun estás creciendo en este mundillo. Te das cuenta del motivo por el cual las editoriales no tuvieron en cuenta ninguna de tus propuestas, hasta el momento. Empiezas a comprender que apenas estás aprendiendo a caminar en este mundo, y debes mantener el equilibrio con la única ayuda que tú mismo te puedas brindar. La dificultad del camino suele ser terrible, pero el premio final merece la pena. Y ahora, ¿El Rey Impávido ha mejorado?, yo creo que sí. Es una historia que a mí personalmente, me gusta. Y como todas, merece un mejor trato del que tal vez le diese en un comienzo.

Uno tiene sus fallos. Son trampas en las que muchos al final, en un momento u otro, caemos. Y nosotros tenemos que salir de ellas.

¿Ayuda?, la madurez.

Generalmente el autor novel cae en la trampa de creer que, el que no le tengan en cuenta sus obras se debe a que el mundo editorial en España, es un caparazón. Un ente cerrado al que no tendrás acceso, salvo que pertenezcas a ciertos selectos grupos, o consigas los contactos idóneos para abrirte camino. Yo llegué a pensar así, no voy a ser un hipócrita y negarlo. Pero es falso. A medida que te centras en tus errores, vas dándote cuenta de que puedes tener el talento suficiente para llegar a acariciar la posibilidad de entrar, pero eso no es todo ni sirve para gran cosa, salvo acrecentar un ego desmedido que nos gusta alimentar con alguna que otra mentira. Los ojos se abren a la posibilidad de que no has trabajado lo necesario para que respondan a tu llamado, que tal vez si existe culpa, es tuya. La puerta suena, pero no eres capaz de golpear con la suficiente intensidad para que alguien al otro lado te abra. ¿Es culpa de quien está esperando?, para nada. La culpa es de uno. Y no sé si llamarlo culpa, o el camino fácil. Porque, seamos sinceros, en muchos casos es más sencillo culpar a terceros, que admitir que no hemos trabajado lo suficiente. ¿No lo hacemos en nuestro día a día? Esto no es diferente. Complots judeomasónicos en el mundo editorial (Grande, mediano y pequeño. Independiente o pomposos monopolios. Poco importa), que impiden que grandiosos escritores aún por descubrir, desbanquen de las estanterías a los titanes de la industria. Grupúsculos que se apoyan entre ellos para impedir que alguien les arranque de su cortijo, del sillón de un mundo que llaman suyo pero ¡coño!, es tuyo, ¿no? Simples seres ya caducos incapaces de adaptarse a los nuevos tiempos, en los que cualquier incomprendido con ínfulas, tiene más talento y predisposición que ellos, pues “alguien”, le ha dicho que es bueno. O buena.

No publico porque me hacen el vacío. No me tienen en cuenta porque tienen miedo a la novedad. Demonios, soy demasiado para que logren entenderme.

Pero si yo lo valgo. Yo soy la repanocha.

Podrás serlo, algún día, si has trabajado lo necesario, siendo, además, capaz de sufrir por el camino de piedras que te vas a encontrar. Que todos se han encontrado. Si has madurado lo suficiente para ser capaz de admitir que el mundo no está contra ti, tú mismo eres tu peor enemigo. Nadie más. Porque esos que optas por culpar de tus fracasos, tan siquiera te conocen. Esos que maldices como un enemigo al que derrotar, que impide que evoluciones y se unen al Diablo para impedirte triunfar, también fueron tú.

El escritor es como un niño, y a muchos nos falta pasar la edad del pavo.

Dicho esto, que el trabajo continúe.

Capítulo 1

¿Por qué gritan tanto? Joder, me gustaría que se callasen por un momento y no me tocasen los huevos de esa manera. Me gustaría que, por un momento, guardasen el silencio que se necesita para no tener que salir huyendo de esta puñetera ciudad como alma que lleva el diablo. Me siento aquí, les miro y no me entran más que ganas de arrearles con el cinturón en sus rostros putrefactos, pero no lo hago. Me siento aquí y les miro con desdén, amenazando al viento con hacer de él una pira humana de cuerpos ardientes que alcancen los cielos con su humeante carne. Joder que sí, incluso he tenido la sensación de que mi cuerpo se eleva a los cielos y todas esas patrañas que me obligaban a escuchar cuando era más joven. ¿No?, ¿vosotros no? Pues menuda puta suerte que tenéis, porque yo por el lado contrario sufrí todo tipo de abusos. Fuesen verbales o físicos, más inclinado siempre por lo segundo porque me consideraban una perita en dulce y preferían tocarme y todas esas guarradas. Me cago en todo lo cagable e invocable, os lo juro. Ahora me siento en los parques y básicamente me dedico a observar. En silencio, claro. Desdibujando el paisaje como un ave de presa, mirando cada centímetro. Escudriñando el horizonte a ver si puedo encontrar alguna basura de esas que pululan por aquí. A veces, claro, doy con ellas.

Me río yo solo, coño.

Ahora tengo una especie de picor en el ojo, pero no me puedo rascar porque entonces me cargo la tapadera y todo salta por los aires. No quiero eso. Pero, demonios, ¡me pica, joder! Al final me acabo por rascar y en una de estas llega un payaso a decirme que si quiero no sé qué con su Dios. Le mando a la mierda, pero vuelve. Le vuelvo a mandar a tomar viento y el muy tonto del culo ¡vuelve!, claro, no me deja alternativa y al final tengo que soltarle una hostia a mano vuelta y le dejo la cara como si fuese un tomate de aquellos que tenía mi abuela en su huerta. Hey, vosotros, huerta de verdad, nada de guarradas figuradas. Tenéis un grave problema cerdos salidos, mayor que el mío si me animo a decirlo. En fin, a lo que iba, me rasqué el ojo y me vi una pestañita en uno de mis dedos. Soplé, pedí un deseo y no se cumplió, Sigo aquí sentado en este banco, y las hemorroides aún continúan doliendo igual que el primerito día. No os las recomiendo, es peor que uno de esos niños toca huevos que tenemos que soportar en el autobús, con unos padres aún peores. Sí, hombre, de esos que al final acabas por soltarle una leche al padre y dejas a la madre llamándote subnormal y todo tipo de lindezas. Esas que a duras penas escuchas mientras la policía te lleva detenido y tú te vas riendo como un sicópata por la calle.

Me gusta recordar buenos tiempos, ¿no os pasa lo mismo?

Ahora es cuando tiráis el libro al suelo, os escandalizáis un poco por lo que estáis leyendo y vais corriendo a la cocina a abrazar a vuestra mami gritando igual que nenes de teta por los pasillos de esa chabola que llamáis casa, pero que en realidad pertenece al banco que le prestó el dinero a vuestros papis. Siempre a un módico interés, y tal. Si es que me parto viendo lo idiota que es la gente.

Bueno, ya.

Me voy por las nubes, siempre me pasa. Lo peor es que en esos momentos de delirio en los que mi mente acaba por irse de viaje para volver quien sabe, a las cuatro o cinco horas. El caso es que cuando vuelve pues ya no es lo que era, y ese mismo momento es lo que me acaba por atar a esta condenada realidad de la que intenté escapar en un primer momento. Os juro por lo más sagrado, lo que sea en lo que creáis como dije antes, que no soy yo. Me gusta ser yo, ¿eh? Soy un tipo interesante, quien sabe lo que dicen de mí. Todo mentira, salvo lo que me ponga por las nubes.

Bah. ¿Qué quién soy? Soy una especie de justiciero y cosas así. Me gusta pensar que la basura que se lo merece, recibe ese merecido (toma redundancia gratuita, si es que soy la manda lironda) que la justicia vacilante que nos toca sufrir, no es capaz de darle. Y entro yo. Como un caballero de armadura reluciente. Les corto los huevos, les saco los ojos, les asfixio o les tiro desde azoteas que apenas alcanzáis a ver con los ojos. No, ni siquiera entornándolas. Hago mi mundo a medida, y al que no le guste ya sabe dónde encontrarme. Bueno, no, pero seguid creyendo que sí. Me es más fácil mandaros a la mierda sin que me podáis ver.

¿Veis? Sí, hombre, a ese tipo sospechoso que está paseando entre los columpios mirando a los infantes por detrás. Pues ese tipo se llama Carlos y es un viejo conocido de la policía de la ciudad. Por supuesto, a Carlos le encantan los niños. Luego cuando crecen él pierde interés, pero cuando se fija en ellos, de pequeños, siente una atracción muy diferente a la que un ser humano debe sentir por un crío; es decir, de admiración y regocijo. De amor incondicional, ese instinto protector que todos tenemos por los niños porque sabemos que son el futuro. No, nuestro protagonista Carlos, siente una especie de deseo carnal enfermizo que le obliga a hacer cosas que ‘no quería hacer’. Es la coletilla que suelta cada vez que le pillan con las manos, casi en el ajo. Esa es la puta clave, el “casi”, porque Carlos aun siendo una escoria depravada no es gilipollas, y por supuesto a Carlos nunca le han cogido con las manos en la masa. Por lo que Carlos continúa haciendo sus mierdas por la ciudad mientras decenas de niños ya han sufrido a Carlos en sus propias carnes. Me gusta pensar que Carlos recibirá lo que merece, pero no de parte de quienes deberían dárselo. ¿Por qué?, os lo voy a resumir en cuatro palabras lo que pienso de la justicia para todos: ¡Es una puta mierda!

¿Contentos?, pues yo tampoco. Sigo.

Ahora, como podéis ver, Carlos se mueve tranquilo. Los padres de los dos pequeños que juegan inocentemente, no se fijan en la bestia que cerca con lentitud a su prole porque creen que no tienen nada de lo que preocuparse. Carlos juega con esa puñetera ventaja, pero lo que Carlos no sabe es que yo estoy aquí. Lo que Carlos no sabe, es que su jueguecito no va a funcionar ni una sola vez más.

¿¡Qué, qué, qué!? Me intentan vender otra mierda que prefiero dejar de lado, en esta ocasión un tipo con discos compactos. Insiste, me empiezo a cabrear y le acabo por tirar sus porquerías al suelo. Al agacharse, le doy una patada en su apestoso trasero y el tipo se pone en pie. Coño, se me enfrenta, eso es nuevo. Intenta darme un directo. Oh, es zurdo. Sorprendente, es el primero que es zurdo. Me aparto y le doblo el brazo derecho por la espalda, algo cruje y le observo de soslayo. Empiezo a partirme la caja de risa mientras él se queja del dolor. Creo que es eso, o una especie de mezcla de indignación o lo que sea. ¿A quién le importa? Joder, a mí os juro que ni lo más mínimo. Le empujo y le ordeno que se largue de allí y me deje en paz. Recoge sus discos y sale gritando no sé qué de loco agresor, la gente me mira pero Carlos ya no está. El cabrón ha huido y le he perdido entre el tumulto de ingratos que empiezan a agolparse en la escena para verme.

¿Sois idiotas? Digo a voz en grito. Empiezo a gesticular y aparto a los transeúntes. Algunos me llaman imbécil, otros me graban con sus teléfonos y el resto hacen el amago de llamar a las autoridades. Salgo maldiciendo del parque mientras azoto el periódico que tenía entre las manos contra el rostro de un payaso que me miraba señalándome, mientras le tocaba con el codo a la tipa que iba con él. Me dijo algo que ni yo prefiero volver a reproducir, mientras me perdí entre los árboles y matorrales. Los padres llamaron a sus hijos y mi cuerpo se volvió hacia ellos una vez más.

Él volverá, susurré. Lo hará y rezad porque yo esté aquí. Porque esa escoria humana no se rinde, cuando atisba su presa no cesará en su empeño de tenerla entre sus manos, aunque tarde meses. El tiempo le sobra, si es que le sobra algo. No sabéis dónde os habéis metido, ingratos tragapapeles.

Y de nuevo, como si nada hubiese sucedido, el parque fue regresando a la normalidad. El cielo azul brilló sin nubes mientras los matutinos rayos de sol alumbraban entre los huecos que dejaban las ramas, las palomas volaban en círculos y los ancianos charlaban animadamente sentados en los bancos del camino que atravesaba el parque de norte a sur. Una mañana más, en un día más, dentro de una semana ordinaria en un mes común en el año del último sol antes del cruce de caminos.

Las bestias no se esconden, tan solo esperan el momento idóneo para atacar.

Y yo… soy la última frontera. El cazador que fue cazado y ahora se encarga de ahuyentar, de trastocar y segar de la faz de la Tierra a todos estos que despedazan las almas de nuestro futuro. Las almas que se encargarán de posponer el fin de nuestra especie. Y qué cojones, le hago un favor a la sociedad quitando de en medio a esa gentuza, ¿no? Vosotros haríais lo mismo si os sobrasen cojones para plantar cara a los problemas que os rodean, pero preferís tener siempre a alguien que os haga el trabajo sucio y ya si eso mañana, quizás, podríais tener algo que hacer en vuestras miserables vidas. Mientras tanto, Carlos, seguirá con lo único que sabe hacer mientras en su puta casa se ríe de vosotros y vuestros ideales de paz y justicia social. Porque a esta gente se la sopla todo, todo. Incluso a ellos mismos.

Volveréis a mí.

Me sigue picando el puto ojo y no me puedo rascar. Si lo hago todo saltará por los aires. Y miro a las personas que caminan delante de mí por la calle, tan tranquilas, y me apetece darles a todos una paliza. Muevo la cabeza de lado a lado, como si la obsesión se apoderase de mí. Me gusta. Me gusta el placer. Ahí está la jeringuilla que se clava en mi piel, inunda con su sustancia mi cerebro putrefacto y de ese modo, mi cuerpo se relaja pensando que quizás mañana no estaré aquí. Caigo sobre la pared, el concreto recoge mis restos y mis ojos se cierran entre el placer y la sedación de la droga que ya me hace el mismo efecto que la propia muerte. Lo disfruto tanto que de no ser por mi promesa, seguiría haciéndolo a todas horas, todos los días. Pero no puedo.

Ahora me dejo llevar y cuando aterrice en un mundo de colores alejado de la crueldad que me obligo a mirar todos los días, opto por ser quien algún día nunca fui y de ese modo la gente me deja de odiar por un solo segundo. Unas monedas caen a mi lado, ya no estoy aquí. ¿No os gusta pincharos? No sabéis lo que os perdéis joder. Es el placer desdibujado en la sonrisa de vuestra juventud. El tebeo que os regalaron, ese mismo sentido que le dabais a vuestra vida.

Se quema mi cuerpo, se quema mi sangre y me retiro la goma. La jeringuilla continúa clavada en mi brazo pero ya no escucho ni siento. A lo lejos oigo exclamaciones, me llaman apestado y alguna patada aislada intenta quitarme del camino. Cuando el efecto pase volveré a la mierda de rutina que me toca vivir, pero mientras la mierda dure… que dure. Ojalá que sea demasiado tiempo.

Pero te recuerdo, te cazo y te veo Carlos, ahí estás. Ahí estás.

Y que dure.

Capítulo 1

¿Por qué gritan tanto? Joder, me gustaría que se callasen por un momento y no me tocasen los huevos de esa manera. Me gustaría que, por un momento, guardasen el silencio que se necesita para no tener que salir huyendo de esta puñetera ciudad como alma que lleva el diablo. Me siento aquí, les miro y no me entran más que ganas de arrearles con el cinturón en sus rostros putrefactos, pero no lo hago. Me siento aquí y les miro con desdén, amenazando al viento con hacer de él una pira humana de cuerpos ardientes que alcancen los cielos con su humeante carne. Joder que sí, incluso he tenido la sensación de que mi cuerpo se eleva a los cielos y todas esas patrañas que me obligaban a escuchar cuando era más joven. ¿No?, ¿vosotros no? Pues menuda puta suerte que tenéis, porque yo por el lado contrario sufrí todo tipo de abusos. Fuesen verbales o físicos, más inclinado siempre por lo segundo porque me consideraban una perita en dulce y preferían tocarme y todas esas guarradas. Me cago en todo lo cagable e invocable, os lo juro. Ahora me siento en los parques y básicamente me dedico a observar. En silencio, claro. Desdibujando el paisaje como un ave de presa, mirando cada centímetro. Escudriñando el horizonte a ver si puedo encontrar alguna basura de esas que pululan por aquí. A veces, claro, doy con ellas.

Me río yo solo, coño.

Ahora tengo una especie de picor en el ojo, pero no me puedo rascar porque entonces me cargo la tapadera y todo salta por los aires. No quiero eso. Pero, demonios, ¡me pica, joder! Al final me acabo por rascar y en una de estas llega un payaso a decirme que si quiero no sé qué con su Dios. Le mando a la mierda, pero vuelve. Le vuelvo a mandar a tomar viento y el muy tonto del culo ¡vuelve!, claro, no me deja alternativa y al final tengo que soltarle una hostia a mano vuelta y le dejo la cara como si fuese un tomate de aquellos que tenía mi abuela en su huerta. Hey, vosotros, huerta de verdad, nada de guarradas figuradas. Tenéis un grave problema cerdos salidos, mayor que el mío si me animo a decirlo. En fin, a lo que iba, me rasqué el ojo y me vi una pestañita en uno de mis dedos. Soplé, pedí un deseo y no se cumplió, Sigo aquí sentado en este banco, y las hemorroides aún continúan doliendo igual que el primerito día. No os las recomiendo, es peor que uno de esos niños toca huevos que tenemos que soportar en el autobús, con unos padres aún peores. Sí, hombre, de esos que al final acabas por soltarle una leche al padre y dejas a la madre llamándote subnormal y todo tipo de lindezas. Esas que a duras penas escuchas mientras la policía te lleva detenido y tú te vas riendo como un sicópata por la calle.

Me gusta recordar buenos tiempos, ¿no os pasa lo mismo?

Ahora es cuando tiráis el libro al suelo, os escandalizáis un poco por lo que estáis leyendo y vais corriendo a la cocina a abrazar a vuestra mami gritando igual que nenes de teta por los pasillos de esa chabola que llamáis casa, pero que en realidad pertenece al banco que le prestó el dinero a vuestros papis. Siempre a un módico interés, y tal. Si es que me parto viendo lo idiota que es la gente.

Bueno, ya.

Me voy por las nubes, siempre me pasa. Lo peor es que en esos momentos de delirio en los que mi mente acaba por irse de viaje para volver quien sabe, a las cuatro o cinco horas. El caso es que cuando vuelve pues ya no es lo que era, y ese mismo momento es lo que me acaba por atar a esta condenada realidad de la que intenté escapar en un primer momento. Os juro por lo más sagrado, lo que sea en lo que creáis como dije antes, que no soy yo. Me gusta ser yo, ¿eh? Soy un tipo interesante, quien sabe lo que dicen de mí. Todo mentira, salvo lo que me ponga por las nubes.

Bah. ¿Qué quién soy? Soy una especie de justiciero y cosas así. Me gusta pensar que la basura que se lo merece, recibe ese merecido (toma redundancia gratuita, si es que soy la manda lironda) que la justicia vacilante que nos toca sufrir, no es capaz de darle. Y entro yo. Como un caballero de armadura reluciente. Les corto los huevos, les saco los ojos, les asfixio o les tiro desde azoteas que apenas alcanzáis a ver con los ojos. No, ni siquiera entornándolas. Hago mi mundo a medida, y al que no le guste ya sabe dónde encontrarme. Bueno, no, pero seguid creyendo que sí. Me es más fácil mandaros a la mierda sin que me podáis ver.

¿Veis? Sí, hombre, a ese tipo sospechoso que está paseando entre los columpios mirando a los infantes por detrás. Pues ese tipo se llama Carlos y es un viejo conocido de la policía de la ciudad. Por supuesto, a Carlos le encantan los niños. Luego cuando crecen él pierde interés, pero cuando se fija en ellos, de pequeños, siente una atracción muy diferente a la que un ser humano debe sentir por un crío; es decir, de admiración y regocijo. De amor incondicional, ese instinto protector que todos tenemos por los niños porque sabemos que son el futuro. No, nuestro protagonista Carlos, siente una especie de deseo carnal enfermizo que le obliga a hacer cosas que ‘no quería hacer’. Es la coletilla que suelta cada vez que le pillan con las manos, casi en el ajo. Esa es la puta clave, el “casi”, porque Carlos aun siendo una escoria depravada no es gilipollas, y por supuesto a Carlos nunca le han cogido con las manos en la masa. Por lo que Carlos continúa haciendo sus mierdas por la ciudad mientras decenas de niños ya han sufrido a Carlos en sus propias carnes. Me gusta pensar que Carlos recibirá lo que merece, pero no de parte de quienes deberían dárselo. ¿Por qué?, os lo voy a resumir en cuatro palabras lo que pienso de la justicia para todos: ¡Es una puta mierda!

¿Contentos?, pues yo tampoco. Sigo.

Ahora, como podéis ver, Carlos se mueve tranquilo. Los padres de los dos pequeños que juegan inocentemente, no se fijan en la bestia que cerca con lentitud a su prole porque creen que no tienen nada de lo que preocuparse. Carlos juega con esa puñetera ventaja, pero lo que Carlos no sabe es que yo estoy aquí. Lo que Carlos no sabe, es que su jueguecito no va a funcionar ni una sola vez más.

¿¡Qué, qué, qué!? Me intentan vender otra mierda que prefiero dejar de lado, en esta ocasión un tipo con discos compactos. Insiste, me empiezo a cabrear y le acabo por tirar sus porquerías al suelo. Al agacharse, le doy una patada en su apestoso trasero y el tipo se pone en pie. Coño, se me enfrenta, eso es nuevo. Intenta darme un directo. Oh, es zurdo. Sorprendente, es el primero que es zurdo. Me aparto y le doblo el brazo derecho por la espalda, algo cruje y le observo de soslayo. Empiezo a partirme la caja de risa mientras él se queja del dolor. Creo que es eso, o una especie de mezcla de indignación o lo que sea. ¿A quién le importa? Joder, a mí os juro que ni lo más mínimo. Le empujo y le ordeno que se largue de allí y me deje en paz. Recoge sus discos y sale gritando no sé qué de loco agresor, la gente me mira pero Carlos ya no está. El cabrón ha huido y le he perdido entre el tumulto de ingratos que empiezan a agolparse en la escena para verme.

¿Sois idiotas? Digo a voz en grito. Empiezo a gesticular y aparto a los transeúntes. Algunos me llaman imbécil, otros me graban con sus teléfonos y el resto hacen el amago de llamar a las autoridades. Salgo maldiciendo del parque mientras azoto el periódico que tenía entre las manos contra el rostro de un payaso que me miraba señalándome, mientras le tocaba con el codo a la tipa que iba con él. Me dijo algo que ni yo prefiero volver a reproducir, mientras me perdí entre los árboles y matorrales. Los padres llamaron a sus hijos y mi cuerpo se volvió hacia ellos una vez más.

Él volverá, susurré. Lo hará y rezad porque yo esté aquí. Porque esa escoria humana no se rinde, cuando atisba su presa no cesará en su empeño de tenerla entre sus manos, aunque tarde meses. El tiempo le sobra, si es que le sobra algo. No sabéis dónde os habéis metido, ingratos tragapapeles.

Y de nuevo, como si nada hubiese sucedido, el parque fue regresando a la normalidad. El cielo azul brilló sin nubes mientras los matutinos rayos de sol alumbraban entre los huecos que dejaban las ramas, las palomas volaban en círculos y los ancianos charlaban animadamente sentados en los bancos del camino que atravesaba el parque de norte a sur. Una mañana más, en un día más, dentro de una semana ordinaria en un mes común en el año del último sol antes del cruce de caminos.

Las bestias no se esconden, tan solo esperan el momento idóneo para atacar.

Y yo… soy la última frontera. El cazador que fue cazado y ahora se encarga de ahuyentar, de trastocar y segar de la faz de la Tierra a todos estos que despedazan las almas de nuestro futuro. Las almas que se encargarán de posponer el fin de nuestra especie. Y qué cojones, le hago un favor a la sociedad quitando de en medio a esa gentuza, ¿no? Vosotros haríais lo mismo si os sobrasen cojones para plantar cara a los problemas que os rodean, pero preferís tener siempre a alguien que os haga el trabajo sucio y ya si eso mañana, quizás, podríais tener algo que hacer en vuestras miserables vidas. Mientras tanto, Carlos, seguirá con lo único que sabe hacer mientras en su puta casa se ríe de vosotros y vuestros ideales de paz y justicia social. Porque a esta gente se la sopla todo, todo. Incluso a ellos mismos.

Volveréis a mí.

Me sigue picando el puto ojo y no me puedo rascar. Si lo hago todo saltará por los aires. Y miro a las personas que caminan delante de mí por la calle, tan tranquilas, y me apetece darles a todos una paliza. Muevo la cabeza de lado a lado, como si la obsesión se apoderase de mí. Me gusta. Me gusta el placer. Ahí está la jeringuilla que se clava en mi piel, inunda con su sustancia mi cerebro putrefacto y de ese modo, mi cuerpo se relaja pensando que quizás mañana no estaré aquí. Caigo sobre la pared, el concreto recoge mis restos y mis ojos se cierran entre el placer y la sedación de la droga que ya me hace el mismo efecto que la propia muerte. Lo disfruto tanto que de no ser por mi promesa, seguiría haciéndolo a todas horas, todos los días. Pero no puedo.

Ahora me dejo llevar y cuando aterrice en un mundo de colores alejado de la crueldad que me obligo a mirar todos los días, opto por ser quien algún día nunca fui y de ese modo la gente me deja de odiar por un solo segundo. Unas monedas caen a mi lado, ya no estoy aquí. ¿No os gusta pincharos? No sabéis lo que os perdéis joder. Es el placer desdibujado en la sonrisa de vuestra juventud. El tebeo que os regalaron, ese mismo sentido que le dabais a vuestra vida.

Se quema mi cuerpo, se quema mi sangre y me retiro la goma. La jeringuilla continúa clavada en mi brazo pero ya no escucho ni siento. A lo lejos oigo exclamaciones, me llaman apestado y alguna patada aislada intenta quitarme del camino. Cuando el efecto pase volveré a la mierda de rutina que me toca vivir, pero mientras la mierda dure… que dure. Ojalá que sea demasiado tiempo.

Pero te recuerdo, te cazo y te veo Carlos, ahí estás. Ahí estás.

Y que dure.

Una racha de mierda y un día infinito

Ha pasado tanto tiempo desde que no escribía aquí que pensé que la red ya había decidido fosilizar mi blog y pasar página. No, en serio, me hice a la idea de que cuando lograse volver a iniciar sesión (Soy bastante apañado con las contraseñas, por lo que no suelo olvidarme de ellas… a veces) wordpress me iba a lanzar a la cara un par de trilobites del tamaño de la nave espacial del universo del Maestro (Mayúsculas, sí, ¿qué pasa?) Gene Roddenberry que tenemos en Oviedo (Para los neófitos, el edificio diseñado por Calatrava que dicen ‘dicen’, que es un centro comercial. Tengo mis dudas). Pero no, ¡¡NO!!, me dejó regresar. No sé si lo haré como Nadal; ya sabéis, en Modo Dios como suele hacer nuestro héroe manacorí. No soy de ese tipo de persona, más bien todo lo contrario.

¿Y por qué?, pues por muchas cosas, pero tantísimas que… suena una sirena en Roma. Oh si, en Roma. Estoy viendo, mientras escribo, un partido de tenis que se juega en Roma (Del Potro vs Dimitrov, para los quisquillosos) y el sonido de la sirena policial me acaba de traer infinidad de recuerdos de mi ya, lejano… (lloro), viaje a la península itálica. Me siento viejo, pero no lo soy “guiño, guiño”. En fin, que me voy por las ramas. ¿Y por qué?, porque llevo toda la santísima tarde pensando que hacer. Veréis, me he quedado sin trabajo (juro que será temporal, ahora me tomo un descanso antes de volver a buscar) y me dije que desde el día siguiente iba a volver a escribir. Pero no a escribir un par de líneas y jaja, risotadas y a bailar. No. A escribir 5000 (Maldita sirena romana, coñeee) o 6000 palabras cada tarde. Y unas 2000 por las noches. ¿Resultado?… ¿podéis oír los grillos?, yo sí. Se burlan de mí y se ríen en mi cara, porque no he sido capaz de hacer más que un par de relatos. Uno de ellos para concurso (Visiones 2017), y tan siquiera me gusta. Todo lo contrario, me parece la mayor mierda que he escrito en mucho tiempo. Y estoy frustrado. Pero a lo bestia, porque llevo varios días con ese pensamiento fijo y doloroso de que ¡no soy capaz de nada! No sé hasta qué punto crea tanto en mí mismo, tal vez tenga un límite y llegue a alcanzarlo cualquier día.

¿Y qué soluciones busco? Bueno, salí a caminar. Paseo. Leo. Hago deporte. Veo series. Veo películas. Leo cómics. Veo fútbol. Veo baloncesto. Veo béisbol. Veo tenis. Doy vueltas por casa, mogollón, tantas que estoy desgastando el parqué. ¿Ayudan?, pues así a bote pronto, es más factible por ahora que el sol deje de brillar, a que cualquiera de las cosas redactadas con anterioridad me sirvan de algo. Me he plantado muchas veces frente a la página de Word, empezado a escribir y borrado una y otra vez, hasta destrozar la tecla de retroceso.

¿Qué por qué vuelvo a escribir estas tonterías en el blog?, no lo sé. Creo que por engañarme y decir que al menos, hoy, escribí algo. Aunque sea una soberana memez que no llega ni a 600 palabras.

 

Buscar sin encontrar

Salgo a la calle y cada cosa que veo,  cada grito, cada palabra, cada gesto, cada comportamiento, cada persona, me hace replantearme una y mil veces si todo es una ilusión o realmente me ha tocado vagar por este mundo como a todos ellos. ¿Por qué? Sin sentirme cómodo, pienso que camino sin dejar demasiado atrás, pero no con la certeza de tener la misma meta que todos ellos. La calma y tranquilidad que deseo para mí, día a día, no aplica en esas mismas personas que optan por el bullicio de lugares abarrotados de imperfecciones. Entre ellos buscan una aprobación perdida, unos ánimos indetectables entre un gentío que no se conoce a sí mismo. No entiendo nada, tan siquiera a mí mismo, ellos sienten y padecen, quizás no como yo, pero en algún momento de sus vidas se detendrán a pensar si todo lo que hacen y sus comportamientos, se amoldan a lo que alguna vez desearon para sí mismos. Lo dudo, pero siguen adelante porque esa forma de ser es lo único que les hace sentirse vivos en un sistema oblicuo que nos obliga a no ser quienes realmente debemos ser. Obligados a ello, buscamos con insistencia demasiadas cosas, sin pararnos a ver que en realidad somos un mero reflejo inadecuado para nuestro camino vulgar.

¿Quiero ser lo que me fuerzan a ser? Válgame Dios que no, pero uno necesita enmascarar su auténtico yo si desea prosperar en este mundo artificial que nos hemos visto comprometidos a crear. Lo idóneo sería poder gozar de la libertad de ser, pero lo idóneo no es el pilar sobre el cual decidimos construir el mundo.

Seguiré buscando la forma de no sentirme un punto y aparte en esta sociedad fragmentada y corrompida.